Me voy pa’ La Habana y no vuelvo más!

Por: @Mr_Brownie

Viajar a Cuba es algo que todo ser humano debería hacer al menos una vez en la vida.  La diferencia entre este país y los demás empieza a sentirse en cuanto subes a un avión repleto de gente saludándose felices unos a otros. La emoción de los que regresan a su isla se contagia al punto de hacer inevitable seguir el hilo de las conversaciones, pudiendo hasta participar en ellas como si conocieras a toda esa gente de tiempo atrás. No es de extrañar que el aterrizaje del avión esté acompañado por aplausos, gritos y silbidos. Ya en el aeropuerto la funcionaria de inmigración al ver mi pasaporte exclama sonriente: ¡Colombia! Me encanta su café. Si hubiera sabido que te gustaba tanto habría traído para ti, le respondí feliz.

Las reservas hoteleras tuvieron todas las complicaciones posibles y como  la noche avanzaba, la única opción fue alquilar una habitación en una casa familiar en pleno centro de La Habana. El recorrido desde el aeropuerto fue bastante desolador, calles oscuras y rotas en las que la basura y ruina de la ciudad destacaban mientras en mi cabeza tomaba más fuerza el pensamiento: Dios mío, ¿En qué me metí?

Se trataba de una enorme y vieja casa en donde el tiempo parecía haberse detenido en los años 80. Su dueña era una desparpajada mujer que se resistía a dejar atrás lo que parecían haber sido cinco décadas muy bien vividas. Abogada de profesión, ex fiscal del gobierno cubano y portadora de una sonrisa casi permanente. Se autoproclamó “tía Mayra” desde el primer momento y fue pieza clave en el recorrido por la isla gracias a una infinidad de consejos y recomendaciones, no todos ellos útiles, especialmente aquel de hacernos pasar por santiagueros para evitar el abuso con los precios.

Cuba no es como Colombia, aquí pueden caminar tranquilos a cualquier hora y nadie los va asaltar. Dijo la “tía Mayra” despejando así las dudas acerca del recorrido nocturno por el malecón. A partir de ese momento el viaje fue una cadena de goce continuo protagonizado unas veces por la deliciosa comida, otras por la maravillosa arquitectura o la sabrosura de la gente.  Es por ello que dejar de aventurarse en la gastronomía local, recorrer las calles de la Habana vieja sin una cámara al cuello y evitar integrarse con la población local debería considerarse un delito mayor.

En la isla todo es histórico y evocador, hasta el abandono que convierte en jardines de musgo y maleza  a las que fueran magníficas edificaciones en décadas pasadas. Pero la nota más alta la imponen el temple y la persistencia de los cubanos que luchan a diario por hacerse la vida en un medio más romántico para los turistas que para ellos mismos y que, a pesar de ello, nunca pierden su buena cara y espontaneidad. Aunque La Habana sea una ciudad llena de personajes míticos y rincones mágicos, bien vale la pena dedicarle tiempo a recorrer el resto de provincias del país. Hágalo a bordo de un viejo y enorme “almendrón” o en bicicleta, como sugirió recientemente un joven soñador. Así logra impregnarse de la esencia de la vida en la isla. Cada viajero organizará la estadía de acuerdo con su interés particular, pero sin importar lo que usted elija, coma y beba en abundancia, que en Cuba es menester hacerlo.

Quienes tienen espíritu de coleccionistas encontrarán en la isla el lugar perfecto para atesorar maravillosos recuerdos del viaje. Sin embargo, evite los souvenirs, a menos que sea estrictamente necesario o que se trate de una caja de inigualables puros para disfrutar solo, en compañía de los amigos o sorprender a alguien más.

Palito.-

Santa Marta: Una Joya En El Caribe.

Habiendo conocido los siete departamentos de la Costa Caribe Colombiana (Atlántico, Bolivar, Cesar, Córdoba, La Guajira, Magdalena y Sucre) con sus respectivas siete ciudades capitales, puedo decir, sin ningún asomo de duda que Santa Marta no sólo es la más hermosa de las siete, sino que le gana a las demás por un margen tan amplio como la longitud de las playas de la bahía más hermosa de América.

He tenido la fortuna de visitar Santa Marta en varias oportunidades, siempre por espacio de varios días. La belleza de la ciudad empieza por algo de lo que las otras capitales caribes carecen por completo: naturaleza. Santa Marta se ubica entre las estribaciones de la Sierra Nevada homónima y la amplitud sin limites del Mar Caribe. Por un lado vemos siempre las formaciones montañosas que coronan la ciudad y la adornan con un esplendor que ninguna muralla hecha de piedras viejas puede siquiera imitar.

El Mar Caribe, chocando con las enormes piedra, como huevos prehistóricos como lo dijo Gabo en su obra, se torna majestuoso en torno a la ciudad, una ciudad que no es una sino muchas. Desde la nación de pescadores de Taganga, pasando por el histórico centro de la ciudad, hasta las torres de “El Rodadero” y la ciudad aplastada, como le llamo yo, o sea el cúmulo casi inagotable de hoteles que se extiende como un gusano sin fin tratando de quedarse con el mejor sitio para tomar el sol junto a la bahía.

Santa Marta es bella de una manera natural y moderna, mucho más bella que Cartagena, mucho más moderna que Barranquilla, mucho más agradable para todos, para los turistas, para los que nacieron allí, para los que llegaron de las montañas del interior a quedarse allí para hacer fortuna y se terminaron quedando para siempre.

La extensión del Parque Nacional Tayrona completa la multidimensionalidad de la ciudad, en un lugar que mezcla el pasado, las raíces indígenas, la ecología y el turismo. Este Parque, que debería conservarse como una reserva forestal y ecológica se ha convertido en los últimos lustros en una foreigners’ bitch, tal como lo escuché de un turista indignado, la prostituta de los extranjeros. Quizá se le olvidó al turista que no era solamente de los extranjeros, sino también de los nacionales. Personalmente no estoy de acuerdo con el manejo que se le da actualmente al parque, que se ha convertido en una especie de hotel donde el mar y la vegetación terminan sirviendo como retretes y contenedores de basura.

Ese es quizá el único punto negro de la Santa Marta que conozco, una ciudad tan única como sus playas, sus cerros verdes, sus torres, sus malecones, sus calles viejas y nuevas, su ferrocarril, su parque, una ciudad a la que vale la pena ir una y mil veces, una ciudad donde convergen muchas de las cosas hermosas y positivas de nuestro país, un verdadera joya en el Caribe.

26 Horas En Cali (Parte 2/2)

Cali, Valle del Cauca. Junio 2 de 2012. 8:30 pm.

Iglesia San Antonio.

Luego de llegar en taxi al hotel, y dándole gracias a Dios de que no me hayan hecho el paseo millonario, ni que me hubiesen llevado para el tan famoso distrito de Aguablanca, por cuenta del taxista poco experimentado llegué al hotel. Sobre el taxista, luego que recorrí Cali me di cuenta que en realidad no me estaba engañando y dándome vueltas , como podría haber sospechado. Pero finalmente llegué. El hotel, Hotel Americana Carrera 4 con Calle 8, en pleno centro de Cali. Teniendo en cuenta que la mayoría de los hoteles que había averiguado cobraba más de 90.000 pesos, llegar a este por menos de 70.000 con una habitación amplia, bien amoblada, no estuvo tan mal. Según me dijeron después la zona no es exactamente la gran maravilla en la noche, pero es obvio que en todas las ciudades el centro no es precisamente El País de las Maravillas en las horas de la noche.

Apenas me pudo echar una recostada, mientras me bañaba. Me había puesto de acuerdo con Andrés, un contacto de twitter, gran amigo, que me serviría de guía por la ciudad. Luego de esa montaña de horas metido en un bus estaba exhausto, pero habría que aprovechar cada segundo. Andrés llegó a eso de las 9:00, con dos amigos más. En un taxi llegamos a un sitio llamado Loma de la Cruz, pero luego mis amigos caleños me llevaron a otro sitio, sino estoy mal se llamaba Parque de San Antonio, según me dijeron, la iglesia de San Antonio es uno de los monumentos más importantes de Cali. La panorámica nocturna desde allí es impecable, aunque ya a esa hora consecuencia de la caminata y de los zapatos a medio dominar me estaban cobrando factura.

De allí salimos al Parque El Gato de Tejada … pero no había solo uno, de hecho había muchos gatos. Según me explicó Andrés, al inicio sólo estaba el famoso gato de tejada … pero por un concurso o algo así, varios escultores hicieron muchos más y esos acompañan hoy por hoy al gato principal. Luego de tomar las fotos de rigor, mis guías decidieron dirigirse a un sitio para poder conversar y tomarnos algo, el sitio queda por la Calle 44 o algo así, la verdad mis conocimientos de geografía de Cali son bastante escasos. Allí pues nos tomamos algo, charlamos aunque por cierto yo era el menos conversador de todos, en parte por el cansancio, y en parte porque estaba rodeado de gente que había conocido hacía menos de tres horas. Pero igual eso no es disculpa.

Allí pude conocer a Juan y a otro twittero. Al final estuvo buena la cosa y a eso de las 2 de la mañana o algo así me mandaron en un taxi al hotel de nuevo.

Cali, Valle del Cauca. Junio 3 de 2012. 6:30 am.

Loma de la Cruz.

No dormí muy bien, de hecho creo que apenas pude conciliar el sueño una dos horas. Siempre me sucede eso cuando viajo. Me bañé, me cambié. Mis amigos caleños me había dicho que iríamos a comer cholao por los lados del estadio, pero por la tarde, así que tenía toda la mañana para salir a explorar. Luego del desayuno (incluido en el precio del hotel) paseé un poco por el centro de Cali, pero solo las Carreras 4 y 5. Sí, había algunos edificios, la plaza de Caicedo y el Palacio que se levantaba al frente.

Pero ya era hora de seguir. Entré al sistema de transporte masivo de la ciudad. El MIO es casi o más complicado que Transmilenio con el agravante de que en las estaciones no hay suficiente información para que un turista como yo pudiese tomarlo sin temor de terminar en el distrito de Aguablanca. Pero igual pude descifrar el oscuro código y me di una vuelta por el sur de la ciudad. Me tomó cierto tiempo, y aún más regresar hasta el centro de la ciudad. De allí tomé rumbo hacia el noreste. Mi pensamiento inicial era llegar hasta el CC Chipichape, pero de nuevo las distancias en Google Maps y Google Latitude se ven mucho más cortas de lo que son. Me guié por dos fuentes, la fuente de la terminal y la fuente de la solidaridad. De allí me dispuse a ir a pie hasta el CC pero justo cuando iba llegando, el peso de los zapatos y el cansancio me hicieron regresar.

Ya era más de mediodía y no había almorzado nada. Empaque todo, puesto que había decidido marcharme aquella misma noche. Hice el check-out en el hotel y dejé mi bolso guardando allí. Tomé un taxi hasta el terminal y compré mi boleto de vuelta a Medellín. Ahí entonces decidí tomar el MIO que supuse estaría cerca, cometí de nuevo un error de apreciación y caminé por la Avenida 2, que transcurre paralela a la Avenida de las Américas donde si pasa el MIO, luego de algunas cuadras, si crucé y logré llegar justo a la estación que me llevaría a la estación donde me encontraría con mis amigos/guías caleños.

Estadio Pascual Guerrero.

Cabe anotar que si metí tanto la pata no era tanto por no leer bien los mapas sino por el temor de sacar el celular y que pasara alguien y me arrebatara el celular de la mano, como ya me habían advertido. En fin, llegué a la estación Santa Librada … donde me encontré con mis nuevos amigos , nuevamente (valga la redundancia). De la estación Santa Librada, salimos a la Loma de la Cruz, esta vez se pudo apreciar mucho mejor el lugar. De allí, luego de un rato, caminamos hasta el sitio donde vendían los cholaos, por los lados del estadio y la caminata hasta allá tampoco era corta. Para destacar durante la caminata, la biblioteca departamental, que me recordó un poco un edificio que había visto en Buenos Aires, y el Estadio Pascual Guerrero. Aquél día jugaba Colombia y eso era lo que sintonizaban en el puesto de cholaos.

Ya había probado un cholao, o lo que se supone era un cholao, pero estos de verdad si eran sensacionales. Espectaculares. El regreso al hotel fue menos traumático, pero estaba exhausto … demasiado. Tomé el bolso y me dirigí en taxi al terminal. Además de ver el estreno de El Desafío 2012 y la final de Yo Me Llamo en la terminal, tuve otra vez que desenredarme, puesto que había que abordar el bus arriba, en el último piso, que es al revés de lo que sucede en Medellín. Pero bueno, como sea me di cuenta minutos antes de abordar el bus. Un bus con tomacorriente, señal de wifi, pantallas personalizadas … no pues Avianca. Pero al menos aquella noche pude dormir bien. Como no lo había hecho en más de 60 horas.

Medellín, Antioquia. Junio 4 de 2012. 7:00 am.

Luego de un prolongado sueño, había llegado a Medellín. Terminal Sur-Metro-Terminal Norte. Había bus de 8 de la mañana y sí, 20% de descuento en Rápido Ochoa. El viaje cansón, como siempre, al menos pusieron una buena película con Liam Neeson y la comida en Planeta Rica. Llegué a Sincelejo a eso de las 5 o 6 de la tarde. El colmo que cuando llegué tuve que esperar porque no había nadie en la casa.

Conclusiones.

Venta de cholaos.

Cali es una ciudad linda, hermosa, con sitios para ver y gente espectacular, atenta, servicial y amigable. Pero, y exponiendome a que los caleños me crucifiquen aquí por decirlo, hay algo en la ciudad que no la hace tan atrayente. Cartagena, Santa Marta, Riohacha, Tunja, Medellín y hasta Bogotá tienen una especie de identidad orgánica que se siente desde que uno llega, esa identidad es natural y fluye fácilmente y es irresistible para el turista. Cali, al igual que Barranquilla o Bucaramanga no tiene esa identidad. Uno ya calcula que tan atrayente para el turista puede ser una ciudad si cuando se habla de lo mejor que tiene es la rumba o los restaurantes. Igual esa es mi humilde opinión y pues así me parece. Igual debo agradecer a Andrés, Richard y el otro Andrés que me aguantaron mientras estuve allá. Quizás algún día vuelva, ya que si hay un motivo para visitar a Cali, al menos para mi, es la calidad de gente que la habita.


26 Horas En Cali. (Parte 1/2)

bus

El bus que me sacaría de Sincelejo aquella noche.

Sincelejo, Sucre. Junio 1 de 2012. 9:30 pm.

Apenas con un morral con unas cuantas mudas de ropa, un reproductor de música y mi teléfono celular, salí de casa rumbo a un viaje que sabía que iba ser bastante largo y desgastante, sin embargo era apenas lo necesario para aprovechar la ínfima semana de vacaciones que tenía por delante y que mejor que pasar el fin de semana paseando por la mitad del país. Sabía cual era el plan de viaje, afortunadamente ya me he acostumbrado a viajar en Rápido Ochoa para mis viajes por tierra hasta Medellín y si bien esta ciudad no era mi destino, la posibilidad de recorrerla un poco antes de seguir a mi destino final,  me impulsó a hacer una escala obligada allí, en lugar de seguir directo hasta el Valle del Cauca. Igual, me iba a costar lo mismo y tendría menos flexibilidad. La otra opción era tomar un bus de Expreso Brasilia que hacía un desembarco en Medellín con otra empresa dizque Arauca. Pero de acuerdo con lo poco que había leído la mejor opción era una empresa llamada Bolivariano. Entonces decidí tomar la ruta Sincelejo-Medellín en Rápido Ochoa y el resto Medellín-Cali en Bolivariano.

No había pasado ni 5 minutos desde que llegué a la oficina de Rápido Ochoa cuando la decisión demostró ser acertada. Por ser Junio el día del padre, los varones mayores de edad tenían un 20% de descuento, así que pude ahorrar algo en el camino. No dormí mucho durante el viaje nocturno. Quizás era la excitación, la “fiebre” como le dicen acá en La Costa, la ansiedad por conocer un lugar nuevo lo que no me dejó descansar apropiadamente. Lamentaría eso poco después. Aunque pude hacer siestas cortas, estuve bastante alerta. A diferencia del último viaje que había hecho a Antioquia, este tardó más de lo que hubiese esperado. En el último viaje llegamos a Santa Rosa de Osos en la madrugada, en este ya eran más de las 6 de la mañana, por lo que evidentemente no llegaría a Medellín antes de las 8 de la mañana.

Medellín, Antioquia. Junio 2 de 2012. 8:55 am.

terminal sur

En el Terminal Sur con Vista al Aeropuerto.

Cansado, ojeroso y hambriento había llegado a Medellín. Había llevado galletas y barras de cereal para entretener el hambre, pero mejor decidí esperar a estar en el bus con destino al Valle del Cauca. Llegué al Terminal del Norte, pero desde allí no salen los buses al sur del país. Había que atravesar la ciudad y llegar al Terminal del Sur, así que crucé el puente peatonal y entré a la Estación Caribe, compré dos tiquetes del metro y me dirigí rumbo a la Estación Poblado. Afortunadamente mi morral no era muy grande, así que no tendría que estar aguantando las miradas inquisidoras de los pasajeros del metro, pero igual me resultaba incomodo, porque estaba un tanto abultado. Debí llevar menos cosas.

Una vez en la estación poblado, tenía en mente lo que debía hacer, debía avanzar al oeste por la 10, pero una cosa es como se ve en Google Maps y otra como es en la vida real, no sólo era mucho más lejos de lo que imaginaba, sino que era un tanto menos seguro, puesto que había que cruzar calles donde no había semáforos y había que tener muy bien puestos los zapatos para correr a tiempo, por supuesto siempre siguiendo a los peatones nativos que si sabían lo que hacían, no como yo.

El Terminal del Sur es mucho menos activo (en otras palabras más aburrido) que el Terminal del Norte, llegué aproximadamente a las 9:15 y el bus de Bolivariano saldría a las 10, así que tenía mucho tiempo libre. Una de las cosas que podía hacer mientras tanto era observar el Aeropuerto que queda justo al lado, no es el aeropuerto principal de Medellín, ese queda en Rionegro, pero igual para entretener el ojo un rato, si vale la pena.

Para completar el tiempo, no me quedó otra que esperar y ver vídeos y si, trinar como loco. A las 10:15 salió el bus. A esa hora fue que se medio por probar bocado, La parte del viaje desde Medellín hasta el Eje Cafetero, mientras pasaban una película de policías cristianos, no me pareció la gran cosa. No había mucho que ver en el camino, pero lo que sí había que ver era el precio del almuerzo. 11.000 pesos, pero era comida como para 4 personas. Pero teniendo en cuenta que no había desayunado nada y la hora del almuerzo ya había pasado, pues había que comer todo. Luego, la entrada a los departamentos del eje cafetero, muy bonito todo, definitivamente hay que ir por allá en un próximo viaje.

Entrando al Eje Cafetero.

Tal y como me lo habían dicho, apenas entramos al Valle del Cauca, hubo un cambio. Si, desde allí hasta que llegué a Cali todas las carreteras son de doble calzada. No me quiero ni imaginar el tiempo que hubiese tardado si tan sólo hubiese habido una calzada repleta de tractomulas. Iba observando atentamente en Google Latitude por donde iba. ¿Cómo hacía la gente para orientarse antes de los GPS y los smartphones?

Cali, Valle del Cauca. Junio 2 de 2012. 7:30 pm.

Por fin, luego de tantas horas de viaje había llegado. ¿Impresiones iniciales? Sí, claro. El Terminal de Transportes de Cali no es tan intuitivo como por ejemplo los terminales de Cartagena, Barranquilla o Medellín. Para tomar un taxi había que esperar y si había algo que quería hacer en ese momento no era esperar. afortunadamente una anciana llegó en un taxi y para que el taxista me pudiera recoger tuve que fingir que era algo de ella. Pero resultó bien y pude salir hacía el hotel que era mi destino.

LEER  26 HORAS EN CALI PARTE 2/2

12 Horas Por Aire, Tierra y Agua.

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Esperando el viaje por aire.

No recuerdo muy bien a que hora desperté ese día, de hecho no se si en realidad pude dormir. Me esperaba un largo viaje por delante y en caso de que algo saliera mal, un retraso o algo por el estilo, corría el enorme riesgo de encontrarme con un problema de marca mayor. Era el lunes luego de las elecciones.

Llegué al aeropuerto como a las 5 de la mañana, justo a tiempo para registrarme. El vuelo habría de salir a las 6:15. Luego de un rato escuchando música y vagando por las salas de espera del aeropuerto, se escuchó la primer mala noticia: el vuelo se había retrasado por el mal tiempo. Tocaba esperar. Una hora después todo seguía igual. Dieron el aviso de que había que esperar otra hora adicional, ya me imaginaba que no había modo de llegar a tiempo, al menos no esta vez.

Finalmente a las 8:15 dieron la autorización para abordar, finalmente. Entré al avión y coloqué mi equipaje debajo del asiento de enfrente y como mi reproductor de música es realmente uno de mis teléfonos celulares como que no había posibilidad de entretenimiento. Al menos en el vuelo de ida había llevado un sudoku que en estos momentos ya debe estar en la basura, pero ahora, por falta de espacio, no tenía mucho con que entretenerme.

Estaba tan cansado que ni siquiera podía dormir. Saqué mi notebook y pues empecé a organizar algo del trabajo pero en realidad no fue mucho lo que hice porque en realidad no tenía con que trabajar. Todo lo había dejado y debía trabajar cuando finalmente llegara.

Eran como las 9:45 cuando finalmente el avión llegó a Cartagena. Haciendo mis cuentas no había nada que hacer: no llegaría a tiempo, pero nada me impedía intentarlo.

carretera

Tierra.

Mientras el avión aterrizó, fui a buscar mi única maleta y eso, ya eran las 10:10. Salí a buscar un taxi y pues había alguien que iba para el terminal de transportes y como no iba exactamente con exceso de dinero, se me ocurrió que compartir el taxi sería una buena idea. No. La persona que iba conmigo en el taxi, debía recoger algo y en eso se tardó un poco más de lo esperado, cuando llegué al terminal ya eran las 11 de la mañana.

Afortunadamente había una van lista para partir apenas llegué y por suerte había alguien allí que también debía abordar en Magangué, así que pensé que si al menos perdía el viaje no estaría solo.

La van arrancó e iba a toda velocidad, aunque de vez en cuando paraba a recoger uno que otro pasajero, pues no estaba completamente llena. No pude dormir tampoco. Me puse los auriculares y encendí la música mientras me perdía en pensamientos que ahora parecen tan tontos y ridículos que me dan pena.

chalupa

Por agua.

Vi pasar uno a uno los pueblos a los que siempre miro desde una ventana cuando voy en bus a Barranquilla, Santa Marta o Cartagena, miré el reloj pensando en las posibilidades que el tiempo me estaba dando, cuando el reloj dio las 2 de la tarde, pues ya se me habían empezado a agotar las esperanzas, pero no me quedaba otra que disfrutar de los bellos paisajes verdes que se abrían por mi ventana.

Me bajé de la van a las 2:10 y a las 2:15 entré a la oficina donde vendían los tiquetes para abordar la lancha que me llevaría al lugar donde trabajo. Para mi sorpresa aún estaban vendiendo los tiquetes. De hecho me dio tiempo hasta de almorzar, mientras la tarde caía lentamente, a eso de las 3:10 arrancó la lancha.

El viaje por agua siempre me ha parecido un poco traumático, pero de hecho esta vez era diferente. Las nubes ocultaban débilmente el sol, por lo que el agua brillaban de un modo espectral, casi mágico. Mientras escuchaba música, veía la margen del rio, y luego la amplia ciénaga y finalmente las aguas lentas del caño, hacía dentro. Luego de pasar por un avión, por una van y por una lancha, y luego de dos horas en una incomoda silla de madera dura. Había llegado. Se escuchaba la música y el jolgorio, había celebración, obviamente por la política, me eché la maleta al hombro y pensaba en las vueltas que había dado aquel día, hacía menos de 12 horas estaba helado hasta los huesos, aguantando frió y ahora era tiempo de aguantar el calor y los mosquitos, como ya lo he venido haciendo por más de un año y medio.

Un recorrido hasta La Bombonera, Caminando por Buenos Aires

Esa mañana había decidido salir a conocer el legendario estadio apodado “La Bombonera”. Había visto los mapas que suministraba el hotel, mapas que habría de llevar a Colombia días después como recuerdo, y no parecía una gran travesía ir desde el lugar donde me estaba hospedando en San Telmo, hasta La Boca.

Me puse mis zapatos deportivos North Star, que tanto me habían servido y decidí tomar rumbo hacía el estadio. Caminé por Venezuela hasta la Av.Paseo Colón y por un error de lectura en el mapa fije rumbo hacía el norte y no hacía el sur, por eso terminé de nuevo en la Casa Rosada, rectifiqué en el mapa, y entonces dí vuelta. Llevaba mi recién comprado buzo azul y el cabello sin peinar, todo con el fin de encajar un poco más y no parecer el típico turista perdido, presa fácil de los criminales.

Camine deprisa la Av. Paseo Colón rumbo hacia el Sur. Entrando pude ver cruzando la calle un edificio sensacional, que no se por qué me recordó uno que había visto en un documental sobre Canadá, era el edificio del Ministerio de la Defensa, que precisamente para aquella época se encontraba en mantenimiento o algo así. Crucé rapidamente la Av. Belgrano, de nuevo Venezuela, México y Chile. Iba por una especie de anden cubierto, porque encima estaba precisamente el resto del edificio. Parecía ser una zona de bancos o de oficinas públicas.

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Edificio del Ministerio de Defensa de Argentina

Al llegar a Av. Independencia crucé a la acera de enfrente. Debía estar de aquel lado y como sabía que habría un cruce mas adelante, hacerlo sería más complicado. Justo allí se alzaba un edificio impresionante: La facultad de Ingeniería de la UBA (Universidad de Buenos Aires ¬¬) en realidad una obra arquitectónica interesante. Luego pasé, aunque sin prestarle mucha atención al edificio del Ministerio de Agricultura.

Seguí caminando. Debía estar muy pendiente a la desviación que debía tomar, y aunque me sorprendía cada paso que daba, cada edificio, cada calle, cada centímetro, también sabía que cada minuto que permaneciera lejos del hotel, significaba peligro, así que me concentré en caminar. Luego de las edificaciones y edificios importantes, seguían, si mis recuerdos no me engañan una serie de negocios de todo tipo, desde ventas de partes automotrices hasta panaderias.

Creo que llevaba casi una hora caminando y no creía estar siquiera a la mitad del camino. Entonces vi el puente, la desviación debía estar cerca. Entonces vi un lugar que me inspiró al mismo tiempo miedo y asombro. Según vi en la etiqueta de la obra, fue allí donde el gobierno de la dictadura torturó y desapareció a cientos de ciudadanos. Claro no era la obra en sí la que daba miedo, sino la cantidad de fotografías que se alzaban allí. Parecía más bien como una exacavación a medio terminar.

Quería tomar fotos, pero tomar fotos debajo de un puente vehicular, luciendo como yo luzco, gritaría TURISTA, así que seguí. Igual el estadio estaba cada vez más cerca. La desviación estaba allí, mismo, cruzando había una especie de zona verde y las indicaciones eran claras según los carteles. Debía tomar la Av. Almirante Brown. Seguí caminando, luego de un rato era una zona como mas amigable, había más cafeterías, restaurantes y más arboles hermosamente teñidos con los colores del Otoño. Y algo que me sorprendió aún más una vía férrea. Creo que esa es la imagen que más me quedó de esa caminata. Entonces debía desviarme hacia la otra acera. Crucé la calle y llegué a una especie de lote baldío, en cuyo fondo se veía claramente mi destino: La Bombonera.

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Este fue el camino que elegí para llegar al estadio.

Caminé y caminé, y llegué hasta un punto donde parecía ser que vendían las boletas, me abordaron un par de sujetos pidiéndome que les comprara boletas. Bueno creo que me impresionó la apariencia un poco diabólica de aquellos sujetos, pero creo que lo que querían era sus boletas porque al parecer allá no venden a una sola persona tantas boletas como si sucede por estas latitudes.

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La Bombonera desde afuera.

Me confundí, el estadio debía estar cerca, pero no sabía como llegar, la calle donde estaba la boletaría era una calle sellada, así que di la vuelta por aquel barrio: La Boca. Es sin lugar a dudas un lugar hermoso, había ventas de camisetas, las casas pintadas de los colores de Boca, murales en fin. Y al fondo de la calle, estaba el estadio. Cerrado. No habría recorridos puesto que había un partido esa noche (por eso estaban aquellos hinchas comprando las boletas) Pude ver, sin embargo, pude tomar muchísimas fotos de una especie del “paseo de la fama” donde casualmente estaban varios colombiano, incluyendo a Oscar Cordoba. Hasta hubo un par de turistas que me pidieron que les tomara una fotografía. Bueno luego de semejante paseo, y de tantos recuerdos en forma digital, era importante registrarlos en el 2.0 y la caminata de regreso no era corta. Había visto el estadio por fuera no por dentro. Esa noche viendo las noticias supe que Martín Palermo se había consagrado en el juego como el máximo goleador de Boca Juniors con un total de 220 tantos. En aquel mismo estadio que unas horas antes había observado desde afuera.

Un Recorrido por El Monumental de Nuñez

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En las Afueras del Monumental

Ya era tiempo. Luego de haber recorrido los alrededores del Estadio Monumental Antonio Vespuci Liberti por varios minutos, los encargados habían dado la orden de entrada para el primer recorrido de la tarde. Había pasado por una gasolinera cercana en busca de pilas para mi cámara. Hubiese sido un crimen pasar por uno de los estadios mas emblemáticos del mundo, sede de una final de un Mundial de fútbol, sede de tantos encuentros futbolísticos importantes a nivel continental y mundial, y no tomar fotos. En mi corto recorrido por los alrededores, en Belgrano, me sorprendió ver la belleza y la organización con la que se ubican las edificaciones allí, y sobre todo los colores de la vegetación en el inicio del Otoño Austral.

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El Otoño en las Afueras del Estadio.

Cuándo compré el pase del recorrido dentro del estadio (45 Pesos Argentinos) el encargado me había indicado que la hora de inicio era las 3:15, eran las 3:10, había llegado un poco temprano, pero cuando mostré el pase me dejaron entrar, bajo la advertencia de que tardaría un poco para que el/la guía bajara, pero me dijeron que podía ver el museo mientras tanto.

Luego de pasar por los torniquetes, entré directamente. Había un tren en la mitad de todo eso, en medio de una reproducción de un barrio antiguo o algo así. Supuse que dicho tren tendría que ver con la historia del equipo. Pero me interesaba más lo que vi al fondo. Allí estaban los trofeos que había ganado el CARP desde su fundación, y créanme que son muchísimos, había muchas más cosas, especialmente en el segundo piso. Muchas fotografías, muchos documentos históricos y sobre todo nombres de Colombianos. Allí estaba Juan Pablo Ángel incluido dentro de la mitología de aquel equipo.

Ya era hora del recorrido. No había muchas personas, una sola familia iría conmigo en aquel recorrido. La persona que nos guiaría era una muchacha bastante joven, de unos 19 años. Entramos a un ascensor y llegamos a un salón llamado “Salon de Honor: Dr Leopoldo Bard” realmente no le presté mucha atención a la chica sobre el origen del nombre del salón, supongo que dijo algo sobre que fue quien consiguió el lote donde construyeron el estadio o no se si ese fue otra persona. Lo que si escuché es que el Club no inició en ese sector de la ciudad, sino en otro lugar bastante irónico. Si, el CARP inicia su historia en el famoso barrio de “La Boca” y según alcancé a entender, como los de Boca Juniors no quisieron prestarle la cancha para sus entrenamientos y juegos decidieron mudarse de ahí y nació la histórica rivalidad. Bueno con la ayuda de una pantalla, nos explicó los diferentes lugares por los que erró el club en sus inicios hasta llegar a Belgrano, donde se ubica actualmente.

Según la historia que escuché, el estadio es un estadio privado, pero ha recibido numerosos aportes gubernamentales, especialmente para el caso de los torneos que se han celebrado en Argentina, destacandose las ampliaciones que se hicieron para el Mundial de 1978 donde el estadio fue el escenario de la famosa final Argentina-Holanda.

El siguiente destino en nuestro recorrido eran los palcos especiales. Alquilados por grandes empresas y personas con buenos recursos, estos palcos tienen una visibilidad envidiable sobre el campo de juego, además de que los que los ocupan no tienen que mamarse la galleta de oír el estruendoso ruido exterior, ya que estos palcos están protegidos con un vidrio, que hasta donde se es bastante resistente.

Luego bajamos de nuevo a la parte inferior (estábamos en la parte superior del estadio) íbamos a ingresar al interior, a la cancha. La chica nos advirtió que haría un poco de frío. En efecto una brisa helada sopló apenas se abrió el portón. Y allí estaba, la verde grama del estadio, la vista de las graderías. En realidad era un estadio monumental. Los estadios más grandes en los que había entrado eran el Atanasio Girardot y el Metropolitano, y esto era definitivamente de otro nivel, el rojo y el blanco contrastaban con el verde de la grama. Una visión espectacular. Apenas pude lograr que la chica me tomara un par de fotos. El recorrido estaba por terminar ya. La chica nos sacó de la cancha y nos llevó por un patio interno para terminar de nuevo en el museo de la entrada.

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Dentro del estadio.

En una especie de globo pusieron una película de esas dizque de 360°, pero luego de un par de minutos decidí salirme, tampoco es que las estadísticas del fútbol extranjero me atraigan tanto. El recorrido había terminado era hora de regresar al hotel ubicado por allá del otro lado de la ciudad en Venezuela con Perú.

La idea de mi papá había sido genial, el me había dicho que no pódía irme de Argentina sin pisar el Monumental, lo hice y como siempre, sus ideas siempre producen muy buenos resultados. Creo que debo escucharlo de vez en cuando. Apenas pude ver desde la ventana del taxi la enorme flor metálica de la Plaza Naciones Unidas. Me quedaba unos días en la ciudad. Definitivamente tenía que ver aquello.

3000 Kilómetros por Colombia (Parte II)

Bogotá DC, Martes 7 de Junio de 2011, 9:25 am. Crucé rápidamente el puente peatonal sobre la Autopista Norte, y ya el bus había avanzado unos centímetros cuando alcancé a gritar el nombre de mi destino y logré subir. Pronto estaría en Tunja por un poco más de 7 U$. De los pocos paisajes que he visto, debo admitir que el de la Sabana verde en el altiplano, es uno de mis favoritos. El verde intenso, la hierba tocada por la neblina matutina, el cielo encapotado. Todo en su conjunto producen una sensación de tranquilidad y frescura.

El bus salió de Bogotá, apenas alcancé a ver los avisos de la desviación hacia Chía, que había sido noticia unos días antes por cuenta de las fuertes lluvias y las consecuentes inundaciones en un sector que muchos consideran privilegiado. Chocontá, Villapinzón, Ventaquemada. Muy cerca estaba ya de mi destino final. Si algún lugar de Colombia se ha de parecer a la mítica Tierra Media, debía ser este. Era interesante ver como le ganaban tierra a la montaña, como los míticos enanos, para buscarse un lugar donde vivir, las casas de ladrillos rojos sin ventanas, junto a otras sacadas de cuentos de hadas, todo en el mismo lugar, en la misma vía, justo donde hace casi dos siglos se libraron las sangrientas batallas que le dieron la independencia a este país.

Tunja

En la plaza de Tunja

Tunja, Boyacá. Martes, 7 de Junio de 2011. 11:24 am. Llegué al terminal de Tunja, bastante pequeño considerando que estaba acostumbrado a los terminales de Barranquilla, Bogotá y Medellín. Pero al menos era el punto central. Tenía anotada en una hoja la dirección y el nombre de los posibles hoteles donde me quedaría aquella noche. La sencillez del terminal, me hizo pensar que tal vez no sería necesario tomar un taxi para llegar al hotel. Tenía toda la razón. En el baño de la terminal, utilicé mi teléfono y me ubique: el hotel estaba a menos de 5 cuadras, un trayecto que podía caminar a pie. Pero no contaba con las empinadas calles, ni con el poco aire que alcanzaba a respirar. Parecía que había corrido una maratón. Llegué al hotel, muy económico, sólo 13 U$ por la noche, muy cerca de la plaza. Para ir a almorzar salí a dar una vuelta. Es una ciudad extraña. En Cartagena, el centro histórico está casi intacto, no hay edificaciones modernas que sobresalgan en medio de las centenarias viviendas. En Tunja sucede lo contrario. En medio de las hermosas estructuras arquitectónicas coloniales conviven casas y edificios de otras épocas mucho más recientes. Muchas Iglesias, en cuyas casas curales funcionan nada más ni nada menos que bancos y cajeros automáticos. En Calle estrechas, que permiten al transeúnte disfrutar del paisaje sin el temor de ser arrollado. En compañía de un viejo amigo recorrí la ciudad. A diferencia de lo que yo creía, Tunja no era mucho más grande que el resto de los municipios de Boyacá, en realidad (en palabras de mi amigo) está en las mismas proporciones de por ejemplo Duitama y Sogamoso y que Tunja es la capital más por razones históricas que por cualquier otro motivo. Un Martes no es un buen día para disfrutar de una ciudad, sin embargo en la medida de lo posible pude disfrutar de sus sitios, pequeños y atractivos. Sólo pude sentir algo del frío que hace famosa a la ciudad en la noche y en la madrugada cuando desperté a empezar el viaje que me llevaría de vuelta a casa.

PlazaTunja

Entre lo antiguo y lo contemporáneo.

Tunja, Boyacá. Miercoles 8 de Junio de 2011. 7:55 am. Era hora de subir a la van que me llevaría a Bucaramanga por unos 18 U$. Había despertado demasiado temprano, había ido a averiguar la hora de salida y luego salí a buscar algo para desayunar, luego de varios minutos caminando, encontré una pequeña tienda donde pude tomar algo antes de irme. Rumbo a Bucaramanga pasé por la misma calle donde había pasado el día anterior, se notaba el esfuerzo de la ciudad por salir de su pasado y tratar de entrar al futuro, muchos proyectos, estadios, calles, glorietas que debían cambiarle el sentido a la ciudad. Era hora de decirle “Hasta Pronto”. Tengo ganas de volver.

Eran hermosos los paisajes que veía a través de la ventana, pasábamos por túneles creados por las montañas, donde el cielo servía de techo y donde el agua caía en forma de cascada desde la cima de ellas. Horas y horas de viaje. Moniquirá, Barbosa, Socorro, San Gil. Y después el terror. Pocas veces en mi vida me he sentido temeroso dentro de un carro o un bus, pero en esta ocasión literalmente vi pasar mi vida a través de mis ojos. No era solamente que la carretera en el sector que llaman “El Pescadero” fuera estrecha o que las curvas eran asombrosamente cerradas, o que el abismo a centimetros de nosotros tendría cientos de metros de profundidad. Era que los conductores la transitaban como si fuera una autopista de 20 carriles, adelantaban a ciegas, muchos frenaban sin aviso y hasta la gente se atravesaba sin ningún anuncio. Tenía las manos frias cuando llegamos al último tramo, afortunadamente una película me mantuvo lo suficientemente entretenido como para no terminar de perder la cordura en semejante tramo. Bueno, tal vez exageré un poco. Luego Floridablanca, pude ver algunas de las construcciones de Metrolínea, el Transmilenio de Bucaramanga y su zona metropolitana. Pensaba irme lo más pronto posible.

Bucaramanga, Santander, Miercoles 8 de Junio de 2011. 3:00 pm. Terminales enredados y el de Bucaramanga. Es fuera de serie que haya un terminal de transporte de 3 pisos, así que pasé como quince minutos subiendo y bajando escaleras tratando de encontrar la oficina de Expreso Brasilia, que era la que estaba completamente seguro, tenía rutas a Sincelejo. Sí, en efecto había buses para Sincelejo…a las 9 de la noche. Así que tenía 5 horas que matar en una ciudad en la que nunca había estado. Sabía que un hermano de mi madre vivía ahí, pero gracias a Dios mi teléfono se descargó y mi madre no tenía el teléfono con ella, le dejé el recado con mi hermana. Decidí mirar en Internet a ver que podía hacer un Miércoles en la capital de Santader. Anoté en un papelito las direcciones de los lugares a los que podría ser bueno ir, para relajarme en esas horas. Tomé un taxi hasta el Exito del centro, y de ahí salí a buscar la dirección, de los 3 lugares potenciales, elegí uno que me pareció el más indicado, porque al menos allí me podía asear. Me pasó lo mismo que en Medellín, lo accidentado del terreno hacía difícil ubicar direcciones pero luego de un rato deambulado y conociendo la ciudad a pie, encontré mi sitio de destino. Me relajé y disfruté mucho, cuando me di cuenta ya era hora de partir. Pasé mi niñez escuchando que mi madre decía que Bucaramanga era un lugar frío. Nada que ver. Incluso en la noche, me pareció muy caliente, pero igual, había una ola de calor en el país, así que igual no supe cual era la temperatura promedio en esa ciudad. 9 de la noche, luego de cenar muy bien, me embarqué en el bus, vi pasar entre sueños los trabajos en las obras, San Alberto, Curumaní. Y en la mañana, Bosconia, Plato, El Carmen, ya no resistía más. En ningún lugar en el mundo me siento tan bien, tan cómodo y seguro como en Sincelejo, ya quería llegar, había estado muy lejos, conociendo lugares nuevos, encontrándome con personas muy valiosas para mi, disfrutando, pero quería llegar. Los Palmitos, Corozal, el peaje…y al fin ahí estaba mi ciudad, me bajé del bus, agarré una moto y me dirigí rumbo a mi casa. El viaje había terminado.

PD: ¿Cómo se que fueron 3000 kilómetros? Fácil, Google Latitude me lo dijo una vez terminé el viaje. ¿Por qué hice el post en dos partes? Por que si lo hacía de uno se ponía muy largo y aburridor.

3000 Kilómetros por Colombia (Parte I)

busvistaSincelejo, Sucre. Sábado 4 de Junio de 2011: 9:43 pm. Agarré el morral que siempre utilizo para mis viajes cortos. Se escuchaba la música en las calles, al fin y al cabo era un Sábado de rumba, inicio de mes además. Ya era tarde, la encargada de Expreso Brasilia me había indicado que el bus con destino a Bogotá saldría a las 9:30, por el módico precio de 50 U$, pero me imaginé que ella decía eso con el único fin de hacer que los pasajeros estuviesen a tiempo para el bus que en realidad saldría a las 10 de la noche, pero cuando iba en la moto hacía la troncal, observé los dos buses de esa empresa, entonces sospeché que había perdido el viaje.

En efecto había perdido el bus. Rápidamente me dirigí a la otra empresa que ya sabía que tenía viajes para el interior del país desde mi ciudad, Sincelejo, así que me dirigí a Rapido Ochoa, de suerte el bus que sale para Medellín sale exactamente a las 10, y ya el bus estaba cerrando las puertas cuando, alcance a decirle al tiqueteador que me hiciera un pasaje…35 U$, sabía que gastaría más de lo que hubiese gastado si hubiese hecho el viaje directo, pero ese es el precio de la impuntualidad. No vi mucho del camino, apenas pude dormir los suficiente, despertando de vez en cuando para observar que si íbamos por el camino correcto: Planeta Rica, Tarazá, Yarumal, Santa Rosa de Osos, fueron los que alcancé a ver entre sueño y sueño. Apenas pude ver el amanecer bordeando las montañas cercanas al valle de Aburrá, había llegado a Medellín. En el terminal debía darme prisa, sería demasiado peligroso llegar a Bogotá tarde en la noche un Domingo, conseguí el tiquete por 30 U$, salía a las 8 de la mañana, tenía media hora para desayunar.

Medellín, Antioquia. Domingo 5 de Junio de 2011. 7:56 am. Era hora de subir al bus, no era nada agradable pensar que tenía por delante 13 horas de viaje además de las 9 por las que ya había terminado de pasar, pero era más la ansiedad por llegar que cualquier pereza física o mental que el viaje me produjera en ese momento. No había mucho que ver, sino el inclemente calor que hacía en la parte externa que se lograba colar en el poderoso bus con aire acondicionado. Marinilla, Cocorná, Puerto Triunfo. A eso de la una de la tarde pude avistar el Magdalena, estabamos en La Dorada. La vía por Honda no era la que ibamos a tomar. Fue una tarde de perros, el bus no entró de lleno a Cundinamarca, que estaba a la vista, sino que entró al Tolima. Mariquita, Armero, Cambao. Como a las cuatro de la tarde pude avistar el lugar donde ocurrió la tragedia de Armero. Un Cementerio. Increíble, como la fuerza de la naturaleza doblega el orgullo humano y provoca desastres de este tipo. Todavía quedaban muchas horas de viaje. Una señora como de 70 años, que salió de Medellín estaba encartada con unos mecatos que no le gustaron para nada, los repartió en el bus, al menos me pude entretener un rato. Pasé por lo que alguna vez me dijeron que le decían “las playas de Bogotá”, en realidad era Girardot, que era lo más cercano que tenían en la Sabana de Bogotá a una ciudad turistica de Tierra Caliente. Me pareció más bien como un coveñas sin mar. Seguimos por la ruta de La Mesa, otra vez los desfiladeros de espanto en la falda de la cordillera, los peajes, algunos tramos inundados y por fin pude ver las luces de la capital. Al llegar al terminal, tomé mi taxi y me fui rumbo a mi destino.

Bogotá DC, Domingo 5 de Junio de 2011. 8:25 pm. Observando la ciudad desde la ventana de mi taxi, recordé las veces que había llegado a esa ciudad anteriormente y todas las promesas, ahora rotas, que me había hecho a mi mismo de regresar para vivir allí algún día. Una ciudad encantadora, en el centro de todo y a la vez tan distante de donde nací. Llegué al barrio donde un amigo me pudo recibir, afortunadamente, era hora de descansar.

Bogotá DC, Lunes 6 de Junio de 2011. 10:20 a.m. Fui al portal de Transmilenio, decidido a ver la ciudad, en compañía de mi amigo que también debía comprar algunas cosas. Fue bueno llegar y ver otra vez la avenida Jimenez, el llamado Eje Ambiental, luego caminar hasta la séptima que me recordó mucho a otra capital, más al sur en la que estuve alguna vez. Y luego, el mercado de las pulgas, fue raro estar en lugar así, pero más raro aún ver como las cosas que otra gente encontraba inutiles o inservibles otros la compraban, incluso pagando más de lo debido, hasta yo caí en esa red. Había quedado con unos amigos de vernos en el Portal de la 80 a eso de las 3, había hecho calor todo el día, pero depronto cuando iba de regreso empezó a soplar un viento helado. Al regresar al apartamento estaba lloviendo ya. Como pude me cambie y llegué al sitio donde estaban todos. La idea era ir a cine. Nunca jamás en mi vida había hecho una fila por más de 5 minutos para ver una película, tarde casi una hora, afortunadamente un amigo estaba al lado mio. Eran las 5 y la película era a las 8:15, es decir quemamos todo ese tiempo conversando de todo un poco. Al finalizar la película debía volver, al día siguiente debía seguir mi camino.

Bogotá DC, Martes 7 de Junio de 2011, 7:15 am. Observaba la carrera 80 desde el interior del articulado, la oficina de la Universidad Pedagógica, hacia donde me dirigía no estarían abiertas hasta las ocho. El articulado dobló por la Caracas y siguió, no me detuve en la estación de la 72 como debía, puesto que era bastante temprano así que seguí hacía el sur, hasta donde estimé que el viaje de regreso tardaría los suficiente como para llegar en horario de oficina, llevaba todo mi equipaje conmigo, así que no era cómodo, pero como pude llegué hasta la estación de Fucha y de ahí salí de nuevo hacía el Norte. Cuando llegué a la 72 eran las 8:25. Subí hacia la pedagógica entregué todos mis papeles en regla, incluyendo las fotografías que eran de la visa canadiense que nunca prosperó. Regresé a la estación, esta vez debía ir hasta el Portal del Norte. El articulado que tomé sólo llegaba hasta Toberín, así que de ahí tuve que tomar otro hasta el portal. Las indicaciones eran claras, debía atravesar el puente peatonal sobre la Autopista Norte hasta el frente de Almacenes Exito, donde me esperaba el bus que me llevaría hacia mi siguiente destino: Tunja.

Memorias de mis viajes: Barranquilla.

Siempre he tenido una relación bastante peculiar con Barranquilla. Desde niño he escuchado todas las opiniones habidas y por haber sobre la ciudad y sus habitantes. Me parecía extraño que algunos hablaran tan bien de la ciudad y otros opinaran totalmente lo contrario.

Tal vez la razón de tal discrepancia es sencillamente que no hay solamente una Barranquilla, sino muchas que da la casualidad comparten la misma ubicación, el mismo espacio vital.

Tal vez no seré yo el más indicado para hablar de las fortalezas y debilidades de una ciudad en la que nunca he vivido y en el que sólo he estado de paso, por algunos días cuando mucho. Sin embargo creo poder expresar mi opinión sobre la ciudad, su gente y sobre todo lo que ofrece.

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Museo del Caribe

Quizás lo que sorprende en primera instancia de Barranquilla al compararla con otras ciudades, al menos en el Caribe Colombiano, es su rígida cuadricula urbana, y es que en Barranquilla, salvo en unos contados puntos, es imposible perderse, las direcciones son extremadamente fáciles de encontrar (trate de encontrar la calle 7 con carrera 12 en Sincelejo) y prácticamente nunca hay pierde. Si cuenta uno con tiempo puede dedicarse a recorrer la ciudad a pie,claro nunca lo haga debajo del inclemente sol de 9 de la mañana a 4 de la tarde, podría correr el riesgo de una insolación.

También sorprende que al llegar al terminal, y subes en taxi o en bus, la ciudad se transforma ante tus ojos, pasas de un sector netamente popular, hasta ver las edificaciones y arquitectura sobresaliente en el centro, hasta las edificaciones más modernas, las calles amplias y el ambiente de primer mundo que se siente en el norte de la ciudad.

Comienza uno a entender por qué algunos aman tanto a Barranquilla, la ciudad ofrece de todo para todos los gustos, rumba, restaurantes, centros comerciales, todo lo que una ciudad que se digne de llamarse debe tener, es díficil no caer en el encanto enajenador de la ciudad, no perderse en su ritmo, no embriagarse en sus brazos.

transmetro

Transmetro

No se que tan ciertas serán las historias de barranquiller@s que comen arroz con lentejas un mes, para comprarse una camiseta de marca, o de aquellos que sin tener aire acondicionado, le suben el vidrio al carro…una fama que no se de donde salió de que los barranquilleros son (en palabras literales de una ex-amiga) “bolsillo pelao y fa´tos”. No se de donde viene esa leyenda, y como ya dije no se que tan ciertas sean, pero conociendo gente que se ha ido a vivir allá, puede comprender la situación un poco mejor; es comprensible que el estilo de vida allá es otro y quizás por no dejarse arrastrar por la corriente (keeping up como dirían los gringos) cualquiera estaría dispuesto a hacer sacrificios por encajar, por mezclarse, por mimetizarse dentro de la ciudad, una ciudad donde se burlan hasta de los acentos caribeños no nativos de la ciudad. Nadie dijo que era fácil vivir en “el mejor vividero del mundo” para los que no nacieron y se criaron en ese vividero.

Teniendo parientes allá, me decían muy frecuentemente que a Barranquilla se iba a rumbear, y que su destino como ciudad rumbera nacía de una profunda convicción de que en la ciudad sencillamente no había nada que ver, no es una ciudad antigua como Cartagena o Santa Marta. Como ciudad portuaria y rivereña, a las puertas de las desembocadura del río más grande de Colombia, sus playas no son atractivas tampoco. Sin embargo la ciudad no es la misma, ha cambiado, hay mucho que ver por recorrer, la arquitectura que se rescató del centro de la ciudad, el museo del caribe, la arquitectura que se alza por toda la ciudad, e incluso el nuevo sistema de transporte de la ciudad “TransMetro” sin olvidarse del Zoológico, Puerto Colombia, Bocas de Ceniza, hay mucho que ver en Barranquilla.

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Estadio.

Así que la próxima vez que vaya no se encierre en el hotel a disfrutar de la televisión por cable y del WiFi, salga, explore, disfrute, rumbee, conozca, Barranquilla es una ciudad con futuro, una ciudad que se alza en medio del Caribe con mucho que ofrecer a todos los que lleguen, una ciudad que abre los brazos a aquellos que quieran gozarsela. No pierda la oportunidad de entender por qué muchos la llaman “La Puerta de Oro de Colombia”.